jueves, 16 de diciembre de 2010

no iba caber tanta mierda debajo de una alfombra...

A mi alrededor la gente pasa sin mirarme. Recojo una docena de hojas sueltas de entre un montón. Un barrendero me saluda. Parece alegre. Yo parezco concentrado. En realidad estoy atento a todo a mi alrededor. Mi alrededor parece preocupado. Noto algo en el aire. De entre las hojas de los árboles encuentro un folio con varios tachones. Parece que lo escribió alguien y lo perdió antes de poder acabarlo. O lo acabó y tiró el borrador. La letra es nerviosa. Seguramente lo redactó en un vagón de metro, airado por algo. O quien sabe. Se parece a la mía. Si la hubiese sacado de mi mochila hubiera pensado que lo había escrito yo, pero como tantas cosas, no recordaría haberlo hecho. Me gusta lo que dice, y también la tinta verde que han usado. No quiero que esta sea una hoja seca más. Se lo comento al barrendero y los dos acordamos que no debería ir a la papelera.


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Si algo va mal en el mundo es porque a triunfado el valor de yo quiero tener más que el otro, y si me va bien a mi no tiene importancia lo que pase fuera de la burbuja.



En España teníamos una particular y bonita burbuja inmobiliaria, entre otras. Llevo quejándome de la especulación, por cierto, desde finales de los noventa. Me fui a vivir a un destartalado piso en el centro de Madrid. De repente, todo empezó a brillar y los metros cuadrados convertían su superficie en oro. Todos se aprovechaban de algún u otro modo de la oportunidad. La vorágine empezó silenciosa pero imparablemente. Y lo que todo el mundo tenía derecho a tener, y que no costaba mucho más que un coche, se convirtió en un artículo de lujo. ¿Un piso que en 1995 costó 30 millones, ahora quieren vernderlo en 2003 por 100 millones? Y en 2007 ni os cuento. No, no me parecía justo, es más, olía a podrido que atufaba. Y eso que nunca estudié economía...


Ahora estamos en crisis. Los gobernantes con poder, de uno y otro bando, están cogidos por los testículos por el miedo, la banca, sus faraónicas inversiones, sus gallinas de huevos de oro transformadas en un breve lapso de tiempo en cadáveres malolientes y contagiosos... en fin, toda esa mierda. Y NO, no hay una solución tan sencilla para parar todo esto. Ni parando la inmigración, ni aumentando la edad de jubilación, ni echándole la culpa al gobierno actual. Con un cambio de gobierno no es suficiente, hace falta un cambio de mentalidad de TOD@S.

¿POR QUÉ COJONES SI ÉRAMOS UN PAÍS RICO Y TENÍAMOS DE TODO, NOS FALTABAN GUARDERÍAS? ¿DOCENAS DE AUTOCARES Y MANIFESTANTES POR UNA REFORMA DE LA LEY DEL ABORTO O POR EL MATRIMONIO HOMOSEXUAL? Pero nada de manifestarse por las hipotecas desorbitadas, por la explotación laboral, por, en fin, un millón de cosas con las que muchos tragan.

Porque nos han enseñado a valorar el trabajo fácil, la riqueza rápida, el no esfuerzo. A que otros hagan el trabajo sucio. No dejemos que nos enseñen esas cosas. Aupemos a quienes dan valor a la palabra justicia social y no al que mantiene a un pueblo satisfecho con dinero y objetos materiales. Consumismo exacerbado y endeudamiento. ¿De verdad deberíamos echar de menos lo que teníamos antes? NO.Yo no tengo ganas de que todo sea como antes.

Los nuevos ricos no saben ser nuevos pobres, ni los poderosos quieren perder el poder a costa del beneficio del resto. Mientras tanto, los más débiles y los que sólo tienen coraje entre sus pertenencias, son los que más aguantan las patadas de la injusticia.

El día que empecemos a INVERTIR DE VERDAD EN EDUCACIÓN, EN UN DESARROLLO y economía sostenibles, en vez de todo lo contrario, lo mismo empezamos a salir de la crisis. Pero o despertamos y reclamamos un mundo más justo para todos, o tendremos que esperar a que un virus diseñado genéticamente acabe con todos los HP del mundo...